Sábado temprano, bien temprano, cuando el sol asoma, se ilumina la noche, justo ahí partimos a una nueva travesía: Las Cataratas de Iguazú!

Horas de avión después, nos recibía un calor envolvente, el clima decididamente tropical al cual los locales toleran con un agrado natural. Era claro ya estábamos en el extremo de misiones!

Los dos senderos obligados son las cataratas tanto del lado argentino como del extremo de Brasil. El consejo general dice que el inicio tiene que ser por el lado carioca, es más pequeño, prolijo, concentrado y la mirada a las cataratas es mágica. Hay paz en el aire, animales que se esconden y te miran de lejos, aves para todos los gustos, turistas y locales holgados. Y en este caso, el consejo popular, no miente.

El lado Brasileño te ofrece un ascensor que entrega una visión panorámica del lugar, recién ahí se puede dimensionar. Agua, litros infinitos de agua, que no cesan y que arrasan todo sin culpa. 

A la noche, de nuevo en la ciudad, el plan obligado te lo propone el corazón de Iguazú: Bares, calor, cerveza fría, picada, reuniones de amigos o familiares. Nosotros optamos por cerveza y picada en grupo. La familia de Nico vive ahí y son, por lejos, los mejores anfitriones, Ivana y Cristian (en ese momento Uma, disfrutaba todo cómodamente desde la panza) y Silvia con quien afortunadamente coincidimos en la visita.  La pequeña daba patadas en la panza para mostrar su presencia y nosotros disfrutamos, enérgicamente, la salida nocturna.

Día dos, temprano en la mañana llevamos agua, nos rociamos con insecticida y nos embadurnamos de bronceador. Listos! El lado argentino es agobiante, uno entra mucho más en contacto con el ambiente, la catarata te baña cuando caminás por las pasarelas (literal), cada uno de los saltos es impresionante, es una vuelta al origen. El parque es gigante, lleno de experiencias. Se camina mucho con ojos bien abiertos y con cámara en mano, como siempre, resulta una compañera ideal. Todo es retratable: las mariposas que se posan en cada uno de los visitantes, los Vencejos (unos pájaros que penetran la Catarata del diablo y uno no deja de asombrarse), los litros de agua, el disfrute de los turistas, en fin, todo puede hacerse eterno en recuerdos y fotos. El punto cúlmine fue cuando, en una lancha, nos sumergimos literalmente abajo del rigor de la caída de agua ¡Impresionante! Imponente y potente. La fuerza del agua, imposible de subestimar.

Las Cataratas son un viaje obligado, es difícil ver escenarios similares en el mundo, con ese nivel de fuerza, de contacto natural, de mundo real desafiando cualquier límite. Se trata de sentirse chiquito (y empoderado a la vez) en un mundo inmenso. 

Partíamos el lunes a la mañana, con toda esa linda experiencia acuestas, pero como los imprevistos son siempre parte posible de los viajes, nos enteramos (llamado previo) que nuestro vuelo estaba CANCELADO! Había que volver, el trabajo y el tiempo, como siempre, apremian. 

¿Cuál es el próximo vuelo? Pregunta Nico (un tanto alterado, confieso). En dos horas, es la respuesta. 

Hicimos las valijas (de cabina) ordenamos, check out, y llegamos al aeropuerto, en plena risa, con los tickets en mano. Una azafata nos consulta: ¿Fernández y Dragel? SIII, -Están a punto de perder el vuelo. Llegamos. A veces la sincronicidad no es lo nuestro. 

Dos días de abrir los ojos mucho, almacenar, correr, nunca, pero nunca vienen nada mal. 

 


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