Se (con)funden dos paisajes infinitos: cielos eternos, con nubes energizadas por el viento que las sacuden de manera caprichosa. Entremezclada está la nieve infinita, arenosa, resbaladiza. 

Los paisajes nevados son siempre una postal de cuentos. El hielo va mutando sus formas, los árboles, blanquecinos, parecen estar decorados a mano. Es de esos lugares donde vale la pena hacer silencio, escuchar como entra y sale el aire de los pulmones, soltar la mente y mirar, nada más que mirar. 

La experiencia en destinos bajo la nieve es, sin espacio a dudas, excitante. 

Hay pericias para todos los gustos: Nicolás prefiere gastar cada instante que respira en subir y bajar montañas. Será la velocidad, el frío de afuera que contrasta con la adrenalina de la piel, la puesta en movimiento, el desafío (la montaña más alta, la bajada más veloz) o una mezcla de todo eso lo que lo tiene tan enamorado.

Por mi parte, disfruto de los tiempos de esquí, experiencias de amor-odio con la nieve. Nos queremos a veces, no nos toleramos otras tantas. pero siempre están los refugios, esos reservados oasis que te ayudan a regocijarte y arroparte un poco. Con chocolate caliente (o cerveza bien fría) mirando a la gente andar, viendo como se quema un tronquito en la fogata de turno. Para mi esa mezcla constituye la experiencia completo de las frías vacaciones de invierno. 

Para cualquiera de las opciones Chalpeco, en la periferia de San Martín de los Andes, promete (y cumple) con sentirte satisfecho, retado por las pistas desafiantes y contenido por los espacios de descanso.  

El sur argentino tiene además otras bondades, se come de manera deliciosa (las picadas extremas de El Regional, en San Martín de los Andes o Caleuche, entre medio de montañas y con una mirada al lago Lacar que encandila) y también, se toma para no perder el calor del cuerpo.

El plan puede ser esquiar, disfrutar, comer rico, despejarse o celebrar con amigos. No importa, en este caso el PLAN es solamente una EXCUSA. 

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